CUANDO EL HERMANO DUELE:
La deconstrucción del Propium ante la alteridad defectuosa como única llave de la Verdadera Alegría.
Por: Fernando Llanillo Mendieta (OFS)
Estudio Teológico-Franciscano
para la Formación Permanente de la Orden Franciscana Seglar (OFS)
RESUMEN
El presente artículo analiza la madurez
espiritual en la Orden Franciscana Seglar a través de la interacción con la
fragilidad del hermano de comunidad. A partir de las fuentes fundacionales
franciscanas, como la Carta a un Ministro y el Dictado a Fray León,
se examina el concepto del proprium (la apropiación moral y espiritual)
frente al denominado 'síndrome del eremitorio' o evasión egoísta del conflicto.
Se demuestra que el hermano difícil no constituye un obstáculo para el
crecimiento, sino el instrumento providencial idóneo para la desapropiación del
yo y el acceso a la Verdadera Alegría franciscana. Finalmente, se ofrece un anclaje
eclesiológico y canónico basado en las Cartas Mayores y la Regla de la OFS de
1978.
Palabras clave: #Orden Franciscana Seglar, #Proprium, #Verdadera Alegría, #Mística Franciscana, #Fraternidad, #Regla de 1978.
INTRODUCCIÓN: EL ESPEJISMO DEL ERMITORIO EMOCIONAL Y LA ANATOMÍA DEL DESENCANTO
Para un franciscano seglar que ha acumulado
años, tal vez décadas de fidelidad y profesión, el combate definitivo por la
autenticidad de su vocación ya no se libra en las fronteras macroscópicas o visibles
del mundo. Las grandes batallas morales contra el espíritu del siglo suelen dar
paso a un combate mucho más íntimo, invisible y devastador. El verdadero crisol
de la madurez espiritual, el laboratorio definitivo donde se tasa el valor real
de la conversión, es la interacción cotidiana y prolongada con la fragilidad,
el límite y la opacidad del hermano de Fraternidad.
Transcurrido el período del noviciado y del
entusiasmo inicial —ese tiempo donde la fraternidad se idealiza como un oasis
de minoridad perfecta—, la experiencia histórica confronta de manera inevitable
con una erosión sistemática. El «don de los hermanos», del cual Francisco da
gracias en su Testamento («El Señor me dio hermanos», Test 14), colisiona
frontalmente con el muro de la realidad humana: temperamentos radicalmente
incompatibles, neurosis familiares no sanadas, apatías que congelan las iniciativas
comunes, luchas de poder solapadas y, lo que es aún más doloroso, heridas
afectivas infligidas no por los de fuera, sino por aquellos con quienes se
comparte la misma mesa, el mismo hábito espiritual y la misma Regla de vida.
Es precisamente en este estadio de fatiga
comunitaria donde emerge con fuerza una constante psíquico-espiritual que
podemos denominar el «síndrome del eremitorio». Su formulación paradigmática quedó
esculpida en el texto de la Carta a un Ministro. El destinatario de este
escrito —un superior desbordado, asfixiado por las faltas, las desobediencias y
el boicot pastoral de los frailes a su cargo— escribe a Francisco solicitando
de manera casi desesperada el relevo de sus obligaciones jurídicas para poder
retirarse a la soledad de un eremitorio.
El razonamiento del Ministro se presenta
investido de una impecable y pía rectitud ascética: «Mis hermanos entorpecen mi
unión con Dios; las faltas de la comunidad destruyen mi vida de oración; en el aislamiento
del desierto, libre de la carga del prójimo, podré por fin salvaguardar mi paz
interior y servir al Altísimo en pureza de espíritu».
La respuesta de Francisco desarma con una
dureza evangélica inaudita esta pretensión. El Poverello no consuela al
Ministro ni valida su queja existencial; al contrario, denuncia de forma
directa que tras ese celo puritano y esa búsqueda de tranquilidad no opera el
Espíritu del Señor, sino la astucia de una comodidad narcisista y una solapada
apropiación del yo (proprium). Francisco le demuestra al Ministro que
desear un Dios accesible, un Dios 'puro' despojado de las incomodidades,
aristas y límites del prójimo real, representa en la matriz teológica
franciscana una sutil pero radical transgresión al misterio de la Encarnación.
El eremitorio, cuando se busca para huir del
hermano que hiere, no es un espacio místico; es una estructura de evasión
egoísta. El objetivo de esta investigación es demostrar, a la luz de las
fuentes fundacionales, que el hermano difícil no constituye jamás un obstáculo
para el crecimiento espiritual, sino que es el único instrumento providencial
capaz de triturar el ego y abrir la puerta a la Verdadera Alegría.
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BLOQUE I: LA PSICOLOGÍA DEL PROPRIUM Y LA APETENCIA DE COMODIDAD MORAL EN LA FRATERNIDAD.
Para desmantelar el síndrome del eremitorio
de manera definitiva en los años de profesión, es obligatorio descender
a la raíz antropológica y comprender qué es lo que realmente se defiende y se
repliega dentro de nosotros cuando un hermano causa dolor. En el corpus
doctrinal de san Francisco de Asís, el enemigo absoluto de la acción de
la gracia es el proprium: la propiedad, la apropiación de lo que pertenece
exclusivamente a Dios. Habitualmente, limitamos la comprensión de la pobreza
franciscana a la carencia de bienes materiales o dinero, pero la escuela
franciscana eleva este concepto al plano ontológico: la apropiación más
sutil, adictiva y dañina es la apropiación espiritual y moral.
1. La apropiación del derecho a la
tranquilidad estética.
En la Admonición IV (De nadie se
apropie el superiorado) y de manera magistral en la Admonición XII (Cómo
se conoce el espíritu del Señor), Francisco deja claro que el 'yo' herido posee
una capacidad infinita para apropiarse de su propia rectitud, de su paz
interior y de sus proyectos ideales. Cuando un profeso antiguo exige que
la Fraternidad funcione de acuerdo con su diseño idealizado de santidad, cae
en una solapada propietas del don fraterno.
Al analizar el dolor con honestidad
teológica, se descubre que el hermano real nos duele porque altera
nuestra agenda, porque fractura nuestra comodidad emocional, porque su
presencia o sus decisiones cuestionan nuestra eficiencia o simplemente
porque su temperamento resulta molesto. El dolor y la indignación que se
experimentan ante el defecto ajeno rara vez brotan de un celo santo por el Reino;
la mayoría de las veces proceden del despecho del propio ego, que ve destruido
el entorno estético y pacificado que había construido para su propia
complacencia espiritual. A menudo se exigen hermanos perfectos,
comprensivos y maduros no para que la gloria de Dios resplandezca en
ellos, sino para que no cueste trabajo amarlos. Se busca la paz como ausencia
de fricción, una paz superficial que se sostiene sobre la base de que
nadie interfiera con el bienestar individual.
2. El mesianismo comunitario y la abdicación
de la posesión moral sobre el otro
Exigir que el hermano cambie, que se
convierta, que modifique su carácter o que alcance un determinado nivel
de compromiso como condición previa para otorgarle el afecto o para mantener la
comunión en la Fraternidad constituye un refinado acto de soberbia. Frente
a esta tiranía del ego, en la Carta a un Ministro, Francisco
introduce una cláusula exegética fundamental: «y no quieras que sea mejor
cristiano» (et non velis quod sint meliores christiani).
Este mandato es de una radicalidad absoluta.
Francisco no invita a la mediocridad moral ni a la indiferencia ante el
pecado; lo que ordena es la abdicación absoluta de la posesión moral sobre el
prójimo. Exigir que el hermano sea 'un mejor cristiano' para salvaguardar
la paz personal es instrumentalizar la santidad del otro en beneficio de
la comodidad egoísta. Francisco obliga a abrazar al hermano en su
contingencia presente, en su barro actual y en su ritmo incompleto.
Es precisamente en la aceptación de la
incapacidad de cambiar las decisiones, el ritmo o las limitaciones del
hermano donde el ego experimenta su primera gran muerte. Dios educa la
paciencia y destruye la autosuficiencia no a través de virtudes
abstractas, sino a través de la terca e incómoda realidad del hermano
concreto.
BLOQUE II: LA EXÉGESIS DE LA CONTRADICCIÓN EN
EL DICTADO A FRAY LEÓN.
La vinculación directa, el nexo ontológico
entre el dolor que causa el hermano y el nacimiento de la Verdadera
Alegría encuentra su clave hermenéutica insustituible en el manuscrito original
del Dictado a Fray León. Al limpiar este texto fundamental
de capas de sentimentalismo poético, descubrimos que es, en realidad, un
tratado de deconstrucción del yo y de la justicia propia.
1. La Via Negationis: La deconstrucción de
las falsas seguridades carismáticas.
Francisco ordena dictar a León las cinco
grandes hipótesis del éxito y la realización religiosa dentro de la Iglesia:
dar un testimonio de santidad que edifique al mundo entero, poseer el don de la
taumaturgia sanando ciegos y tullidos, dominar todas las ciencias, lenguas y
Escrituras penetrando incluso los secretos de las almas, conocer el curso de
los astros y las virtudes de la creación, o poseer una elocuencia apostólica
tan perfecta que convierta a todos los infieles a la fe de Cristo. Ante cada
una de estas cumbres de la realización espiritual, Francisco repite de manera
implacable el mismo estribillo: «escribe y nota diligentemente que no está en
eso la verdadera alegría».
La razón teológica de esta negación
sistemática es de una lucidez meridiana: la santidad modélica, los milagros, la
ciencia teológica, el discernimiento espiritual y la eficacia apostólica son
propiedad exclusiva de Dios. El talento y el éxito pastoral son dones vertidos
de manera gratuita por el Espíritu Santo; por tanto, el hombre no puede
apropiarse de ellos para construir el andamiaje de su identidad espiritual.
Gloriarse en los carismas (proprium) constituye un acto de usurpación
teológica.
2. La Via Eminentiae: El 'Hermano Portero'
como instrumento providencial de crucifixión.
¿Dónde sitúa Francisco el espacio donde la
Verdadera Alegría se vuelve inquebrantable? En el realismo de la Porciúncula en
pleno invierno: mojados por la lluvia, helados por el frío y afligidos por el hambre.
Pero el verdadero nudo dramático ocurre cuando llaman a la puerta y el hermano
portero de la propia comunidad sale enfurecido, los desconoce, los acusa de
impostores, les cierra la puerta en la cara y, ante la insistencia, los golpea
y los revuelca en la nieve.
El agresor no es un perseguidor externo, sino
el hermano con el que se comparte la vida comunitaria y la fe. El dolor
infligido aquí es de carácter relacional y existencial: es el dolor del
desconocimiento, de la injusticia institucional, de la difamación fraterna y de
la exclusión arbitraria de la propia casa. El hermano portero es, en la mística
de Francisco, el instrumento enviado por Dios para destruir la última frontera del
orgullo: la necesidad neurótica de ser aceptados y aprobados por los nuestros.
3. El circuito de la desapropiación pascual:
Las tres condiciones de la gracia.
Francisco explica a León que la Verdadera
Alegría florece únicamente si se cumplen de manera simultánea tres condiciones
interiores ante la agresión del hermano portero:
a) La paciencia sin turbación del ánimo: Como enseña la Admonición XI,
la turbación y la irritación interior son síntomas inequívocos de que el ego
sigue vivo defendiendo sus supuestos derechos morales. Si el alma no se turba,
es porque ya no queda un yo narcisista que proteger.
b) La ausencia radical de murmuración (sine
detractione): La
murmuración es el mecanismo de autodefensa a través del cual se intenta
destruir la imagen del hermano que hiere para salvaguardar la propia rectitud.
El silencio caritativo y la renuncia a la queja sellan la sepultura del orgullo
herido.
c) La mirada providencial y mística sobre el
conflicto: Francisco
no realiza un análisis sociológico ni afirma que el portero sea malvado;
sostiene algo mucho más profundo: que el portero dice la verdad profunda sobre
nuestra condición y que Dios le hace actuar así contra nosotros. Reconocer que
Dios se sirve del límite del hermano para triturar la soberbia, transforma el
conflicto comunitario en un acontecimiento de gracia.
BLOQUE III: EL ANCLAJE ECLESIOLÓGICO EN LAS
CARTAS MAYORES Y
EL MANDATO CANÓNICO DE LA REGLA DE 1978.
Esta mística de la desapropiación frente al
hermano que hiere constituye el andamiaje dogmático de las cartas mayores de
Francisco y se encuentra codificada con rango legislativo en la Regla de la
Orden Franciscana Seglar (1978).
1. El pavor sacramental de la Carta a toda la
Orden (CtaO) y la corresponsabilidad de la misericordia en la Segunda Carta a
los Fieles (2CtaF). En la Carta a toda la Orden, Francisco sitúa el
misterio de las relaciones fraternas en analogía directa con el misterio
eucarístico. Para el franciscano seglar, el discernimiento del Cuerpo de Cristo
se verifica de manera vinculante en la carne del hermano con el que comparte la
fe. Retirarse al eremitorio interior o tratar con indiferencia al hermano
problemático constituye el equivalente relacional a profanar el Sacramento. La
reconciliación con la singularidad sufriente del otro es el requisito
ontológico para una participación litúrgica auténtica (CtaO 19).
Por su parte, en la Segunda Carta a los
Fieles, se universaliza esta praxis mediante el principio de la misericordia:
«En cuanto a los que recibieron potestad de juzgar a otros, ejerzan el juicio
con misericordia» (2CtaF 28). Exigir la exclusión del hermano defectuoso es,
teológicamente, revocar el propio derecho a la clemencia divina. La paciencia
ante el hermano que duele es una estricta necesidad soteriológica.
2. La Regla de la OFS (1978) como mediación
canónica contra la deserción espiritual.
La Regla aprobada por el Papa Pablo VI en
1978 traslada esta herencia mística al ámbito del derecho propio del seglar,
cerrando el paso a cualquier intento de eremitismo evasivo:
• Artículo 4: Mandata a los
franciscanos seglares a «pasar del Evangelio a la vida y de la vida al Evangelio».
Esta fórmula prohíbe la búsqueda de una santidad abstracta o aislada. El
hermano real —con su incoherencia y su lentitud— es el territorio concreto
donde el Evangelio exige verificación. Huir del conflicto comunitario para
'rezar en paz' es una traición a este artículo.
• Artículos 7 y 13: Definen la
Fraternidad local como una verdadera comunidad de gracia y el espacio
sacramental de conversión continua. La Regla manda que los hermanos deben
«aceptarse mutuamente como don del Señor e imagen de Cristo». El hermano
difícil es el espejo providencial que revela las zonas ocultas de soberbia.
• Artículo 11: Urge a asumir la
minoridad como estilo de vida, purificando el corazón de toda tendencia al
dominio o control. Ante el hermano que causa dolor, exige la renuncia al
derecho de réplica egoísta, asumiendo el peso del otro (onus alterius)
para sostener la comunión fraterna.
CONCLUSIÓN: EL RETORNO DESDE LA MONTAÑA AL
CORPUS PERMIXTUM
DEL SIGLO.
La investigación teológica es de una claridad
tajante: la Verdadera Alegría franciscana no es una emoción superficial, sino
el fruto maduro y pascual del despojo absoluto del proprium frente al
hermano real que causa dolor. El síndrome del eremitorio es el último intento
del hombre viejo por proteger su comodidad bajo el ropaje de la pureza orante. San
Francisco de Asís recibió el sello definitivo de las llagas en la soledad del
Alvernia, pero la experiencia de los estigmas no lo recluyó en la montaña.
Descendió de la cumbre para regresar de inmediato
al lodo de las ciudades y al abrazo cotidiano con los leprosos históricos y los
hermanos difíciles. La plenitud de la gracia se despliega en medio de la imperfección
de la historia común.
Para los miembros de la Orden Franciscana
Seglar, la madurez espiritual exige destruir el eremitorio del repliegue
afectivo, la indiferencia y el cinismo institucional. Se está llamado a
regresar al corpus permixtum de las fraternidades locales, de los
matrimonios y de los entornos sociales hostiles. Es precisamente allí, en la
paciencia sufrida por amor, donde florece la Verdadera Alegría de la Resurrección.
• SAN FRANCISCO DE ASÍS, Carta a un Ministro (CtaM).
• SAN FRANCISCO DE ASÍS, Carta a toda la Orden (CtaO).
• SAN FRANCISCO DE ASÍS, Segunda Carta a los Fieles (2CtaF).
• SAN FRANCISCO DE ASÍS, Dictado a Fray León sobre la Verdadera Alegría.
• SAN FRANCISCO DE ASÍS, Testamento (Test).
• ORDEN FRANCISCANA SEGLAR, Regla de la OFS, Roma, 1978.
• LECLERC, Eloi, Sabiduría de un pobre, San Pablo, Madrid, 1970.
